Literatura y Derecho. Sobre “La isla del doctor Moreau”, de H.G. Wells

LITERATURA Y DERECHO.  Sobre La Isla del Doctor Moreau, de H.G.Wells

Juan Antonio García Amado.

                La obra fue publicada por H.G. Wells (1866-1946) en 1896. El protagonista, que narra sus propias vivencias, se llama Edward Prendick. Después de un naufragio y varias peripecias en los mares, acaba en una pequeña isla remota en compañía de dos médicos, el doctor Montgomery, que antes le había salvado la vida y es adicto al alcohol, y el doctor Moreau, un famoso cirujano que ha tenido problemas por causa de sus experimentos y que ha acabado organizando en esa isla su muy peculiar laboratorio. El resto de criaturas que habitan la isla son resultados de los experimentos del doctor Moreau.

                Moreau practica la vivisección con animales para convertirlos en humanos o en seres con atributos humanos y alguna apariencia humana. Ha construido una casa para los dos médicos y como centro de sus experimentos, edificio que es conocido por sus criaturas como la Casa del Dolor. Todos esos seres recuerdan el dolor tremendo que han padecido con las operaciones de Moreau y lo temen a él como a una especie de dios que los domina y puede volver a causarles enormes padecimientos físicos.

                Moreau toma distintos animales y mezcla sus cuerpos y crea nuevos seres con capacidades humanas. Los hace aptos para hablar y también pone en todos ellos propiedades de los humanos, como el lenguaje, el pensamiento y otras sensaciones de los hombres. Su reto es llegar a hacer mediante su cirugía auténticos seres humanos, pero todavía no ha conseguido su obra perfecta y en cada una de tales criaturas están entremezcladas características del animal o los animales originarios y de las personas. Mientras dura la historia que se nos cuenta, algo menos de once meses, Moreau está experimentando con un puma que acaba de llevar a la isla en un barco, puma que acaba librándose de sus cadenas en el laboratorio y que matará a Moreau mientras éste lo perseguía. También el doctor Montgomery acaba por perecer a manos de aquellas criaturas y, al fin, Prendick quedará solo en la isla con esos seres hasta que consigue hacerse al mar en un bote que ha llegado a la isla con dos tripulantes muertos y es rescatado por un barco, en el que vuelve a la civilización.

                ¿Son humanas aquellas criaturas que salen del bisturí de Moreau? Su creador sabe que pueden retornar a la plena animalidad y que eso ocurrirá cuando prueben la sangre, si se les permite retornar a la violencia animal. Por eso la sangre es tabú y tienen absolutamente vedada toda agresión. La tragedia en la isla se desencadena precisamente cuando aparece muerto y desollado algún conejo de los que habían sido llevados a la isla recientemente por Moreau y Montgomery para disponer de más alimento para ellos mismos. Y, sobre todo, se inculca a aquellas criaturas la Ley. Uno de esos animales-persona es el recitador de la Ley y todos repiten la Ley y están convencidos de que vulnerarla supondrá regresar a la Casa del Dolor y padecer a manos de Moreau. En la última parte de la narración, Moreau está muerto y aquellos seres que salieron de su mano lo saben, han visto su cadáver. Prendick va matando con su revólver a los que se vuelven más fieros y peligrosos o intentan atacarlo. A los otros trata de convencerlos de que Moreau puede regresar en cualquier momento, que no está de verdad muerto y que sigue en pie la Casa del Dolor. Pero van perdiendo el lenguaje, dejan de caminar erguidos y se comportan cada vez más como los animales que en principio eran. No le quedan balas para acabar con todos y sabe que ellos lo matarán a él si no escapa de la isla.

                La primera vez que Prendick llegó hasta el barranco donde vivían las criaturas, lo tomaron por una de ellas. Se identificaban a sí mismas como hombres y entre los hombres consideraban superiores a los que tenían cinco dedos en la mano. Por encima veían a Moreau y Montgomery porque podían causarles sufrimiento en la Casa del Dolor y porque tenían revólveres y látigos. Como tomaban a Prendick como uno de ellos, decían “Es un hombre. Debe aprender la Ley”. El recitador se la iba diciendo:

                – “Repite estas palabras. No caminarás a cuatro patas: ésa es la Ley. ¿Acaso no somos hombres?”.

                – “No sorberás la bebida: ésa es la Ley. ¿Acaso no somos hombres?

                – “No cazarás a otros hombres: ésa es la Ley. ¿Acaso no somos hombres?

                Tenían una lista de prohibiciones así, que repetían. Luego se referían a Moreau, a su creador:

                – “Suya es la Casa del Dolor”.

                – “Suya es la mano que crea”.

                – “Suya es la mano que hiere”.

                – “Suya es la mano que cura”.

                – “Suyo es el rayo cegador. Suyo el profundo mar salado”.

                – “Suyas son las estrellas del cielo”.

                Temen la Ley porque temen el castigo que el dueño de todo puede aplicar al que la viola. El Recitador de la Ley se lo recuerda: “Terrible es el castigo para quienes quebrantan la Ley. No hay escapatoria”. Y los demás repiten: “No hay escapatoria”.

                El castigo es real, tienen experiencia:

“No hay escapatoria –repitió el Hombre Mono-. No la hay. ¡Mira! Una vez hice algo malo, algo sin importancia. Dejé de hablar y empecé a chapurrear. Nadie me entendía. Y me quemaron, me marcaron la mano con un hierro candente. ¡Él es grande: Él es bueno!”. Y siguen recordando las prohibiciones y temiendo los castigos:

“Porque todos deseamos el mal –continuó el recitador de la Ley- No sabemos lo que tú deseas. Pero lo sabremos. Algunos quieren perseguir a las cosas que se mueven; acechar y atacar; matar y morder; morder profundamente y succionar la sangre… Eso está mal. No cazarás a otros Hombres; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?”.

“Porque todos deseamos el mal –dijo el Recitador de la Ley-. Algunos arrancan las raíces con manos y dientes, husmean por el suelo… Eso está mal”. Y los demás, al oír eso, repetían: “No hay escapatoria”. “Algunos clavan las garras en los árboles: otros escarban en las tumbas de los muertos; algunos pelean con frentes o pies o con garras; algunos muerden de pronto sin que nadie les provoque; algunos aman la suciedad”. “No hay escapatoria”.

                Y querían inculcarle la Ley y el temor a Prendick, tomándolo por un hombre más como ellos: “Severo y cierto es el castigo; así pues, ¡aprende la Ley! Repite estas palabras –y, sin poderse contener inició de nuevo la extraña letanía, y todos comenzamos a cantar y a movernos al compás”.

                Moreau quería hacerlos completamente humanos, pero sabía que su condición de bestias sólo podría mantenerse a rayas por el tenor a la Ley y a él, su ejecutor; que sin el miedo al castigo ningún orden social se mantendría y él mismo acabaría muerto. ¿Se hacen humanas en plenitud esas criaturas al temer la Ley y respetarla, al acatar por miedo las normas que reglamentan el estilo humano de sus conductas? ¿O acaso si fueran completamente humanos no sería necesaria la Ley o no tendría que ser impuesta de ese modo mecánico e irracional? ¿Acecha la bestia sanguinaria detrás de cada ser, incluidos los humanos, y no puede haber sociedad humana sin el temor al castigo y a seres superiores que lo aplican, o cabe imaginar sociedades de perfecta humanidad en las que el orden no sea fruto del temor al castigo y del miedo supersticioso a seres superiores de cualquier tipo?

                Al final de la historia, con Prendick ya de vuelta en Inglaterra, su conclusión es pesimista, o temerosa al menos. Si en la isla tenía dificultades para ver personas en aquellas criaturas, ahora no deja de ver a las bestias detrás de las maneras civilizadas de sus conciudadanos y se retira al campo y a una vida muy poco sociable, porque es él quien no consigue librarse del miedo, pero ya no el miedo a la Ley, sino el miedo a la naturaleza real de los hombres, bajo la máscara de las normas.

                Los “monstruos” temían la ley de los hombres; los hombres temen la otra ley, la de la naturaleza de los monstruos. Justamente eso es lo que se puede decir que, en tanto que filosofía jurídica e ideología, vino a solucionar el iusnaturalismo de todos los tiempos al querer convencernos de que en la naturaleza humana hay algo más que “naturaleza” en bruto, instinto, pulsión primaria. Habría también ley de la otra en la naturaleza humana, ley moral y jurídica, norma auténtica, sentido innato del deber debido. Por eso, para el iusnaturalismo, el hombre que va contra la norma moral y contra la norma jurídica con la moral acorde no obra según su naturaleza humana, sino contra lo más profundo de ella, degenera en el animal que propiamente no es. Esa idea que “naturaliza” la moral, la moral verdadera y objetiva, permite ver en la moral algo distinto de un producto social y cultural o un rasgo evolutivo o adaptativo: la moral no la hacen las sociedades, es condición de posibilidad de las sociedades mismas, pero en cuanto moral objetiva y verdadera.

                Conocemos el ideal de la Modernidad y el Racionalismo moderno. Precisamente la filosofía política y moral de la era moderna nos presentó la sociedad plenamente civilizada como antítesis del estado de naturaleza. Sobre la historia real de la humanidad y de sus culturas se superpuso la narración justificadora de la superioridad del mundo moderno. El racionalismo primero reconcilia al hombre con la naturaleza y luego “naturaliza” en un estadio superior las sociedades. El ser humano pleno es egoísta y autointeresado y tiene en su fondo ese haz de instintos primarios, depredadores y agresivos que lo emparentan con el animal. Pero la sociedad, con sus normas, es el resultado de otro atributo natural del ser humano, la razón. Tienen los humanos un atributo específico, la razón, y es la razón la que les permite captar que el interés de cada uno y hasta la supervivencia de cada cual quedarán mejor salvaguardados si todos cooperan bajo unas reglas comunes. Pero ¿cuáles reglas?

                Una posibilidad para sentar las reglas y que sean obedecidas está en el poder, el poder sobre las vidas, la capacidad del poderoso, sea Dios o sean los reyes y los señores, para dictar la ley y fijar lo debido y para hacer que la norma se cumpla a base exhibir la potencia del castigo o de fundar el respeto en la superstición, en la acrítica y sumisa asunción de los poderes y las penas. La otra posibilidad, la que la Ilustración quiso cultivar, es la de construir la sociedad sobre un sistema de reglas que cada uno por sí y de consuno con los demás pudiera aprobar a base de un cálculo de conveniencia que es producto nada más que del puro ejercicio de la razón, de una razón que ya no se somete al poder ni es rehén del miedo, sino que funda el poder mismo y lo organiza en beneficio de todos. La norma, así, no nace del castigo, sino que el castigo es consecuencia de la norma, su reverso. Como quisieron enseñar tanto Kant como Hegel con su teoría de la pena, el castigo no es negación del infractor o minusvaloración de él mismo y de su libertad, es homenaje a su libertad misma. La pena reconduce al delincuente a su humanidad y es reconocimiento de su condición de ser libre y no determinado por el instinto animal. Si, en verdad y según tal pensamiento, el ser humano al obedecer la norma social se obedece a sí mismo, acata el producto de lo que de humano hay en él mismo y en sus conciudadanos, el castigo penal es igualmente autocastigo que el infractor de la ley se inflige por haberse negado a sí mismo, por haber negado lo que en sí hay de humanidad y por desconocer que su ser humano nada más que puede ser un ser en sociedad y entre iguales, entre iguales porque de la razón de cada uno nace la norma que a todos es común.

                Se piensa que la humanidad ha llegado, así, a un momento de plenitud, que se acerca a su cénit. Se quiere enterrar la superstición y se han de superar las tradiciones como fuente de las normas y el orden. No es el temor de Dios ni la reverencia ante los poderes terrenales lo que tiene que abonar el respeto a la ley y que fundamentar el orden social. La razón humana, libre del miedo y el engaño, permite a cada cual elegir entre el animal y el hombre, entre la vida en estado de naturaleza y la vida en sociedad. La razón enseña que es mejor y más útil vivir bajo las normas que la razón descubre en el fondo de sí mismos. Siendo común la razón, serán sin violencia comunes las normas que produce, y el acuerdo de todos surgirá desde el momento que a todos se los libere del temor y la superstición. A partir de ahí, la sanción ya no será garantía de la norma heterónoma, de la norma que viene del otro, será el complemento que nos ayude a mantenernos en lo que somos, salvaguarda de nuestra propia autonomía como humanos. Al animal lo puede mover el temor, un miedo al castigo que pese más que su propio instinto. Al ser humano no lo vence más temor que el de deshumanizarse, y al acatar la norma social que de la razón de todos emana , no pierde su libertad, la gana. No nos socializamos bajo la norma para superar la condición animal y sus instintos, sino que es en sociedad y bajo la norma cuando nos mantenemos en la humanidad que somos. El desorden social no es regreso a la naturaleza primera y más propia, es caída en un modo de ser inferior al que como humanos nos corresponde, es abandono de nuestra específica condición, es muerte civil, y la muerte civil es la muerte del hombre porque supone la dejación de su razón.

                En realidad, aquellas filosofías contractualistas no fundaban la sociabilidad y la normatividad, se apoyaban en ellas como axioma. El estado de naturaleza no se presentaba como la condición animal de unos individuos que buscaban el imposible de salir de esa condición sin poseer los atributos para ello necesarios. La del estado de naturaleza es la hipótesis de unos sujetos ya humanos en plenitud pero que no vivían en consonancia con su ser auténtico. El contrato social es acuerdo entre los que ya son humanos y tienen todas la características de lo humano y nada más que quieren poner los medios para que su modo de vivir se acompase a su modo de ser. Ésa es la magnífica ficción fundadora de la filosofía política moderna, la ficción de una humanidad que ya tiene lenguaje humano y pensamiento humano y sentimientos humanos antes de que cualquier sociedad exista, y que hace nacer la sociedad, con sus reglas, del consenso entre quienes antes ya de vivir en sociedad son plenamente sociales y racionales. La moral básica, con sus reglas de trato con el otro, el lenguaje, como manera de comunicarse con el otro, la compasión, basada en ver en el otro un igual a uno mismo, no son aleatorios resultados de la sociedad, sino la materia prima de las sociedades, y en particular de las sociedades en las que se quiere ver la garantía del único atributo humano del que no se puede tener garantía sino en coordinación con los otros: la libertad.

                                                                                                                                                                                                    Volvamos a la novela de Wells para hacernos algunas preguntas. ¿Tenía la Ley que ser inculcada de aquella manera, con apoyo en el temor físico y el miedo supersticioso al poder de Moreau porque no habían llegado a ser perfectamente humanas esas criaturas? ¿Acaso cuando Moreau consiguiera convertir animales en seres humanos perfectos nacerían en ellos sentimientos de genuino aprecio a la ley por ser la ley y porque se vieran naturales sus contenidos? ¿Cómo habría sido la vida y la organización en la isla si los experimentos de Moreau hubieran sido totalmente satisfactorios? ¿Se seguiría respetando el poder de Moreau, como reconocimiento de su superior inteligencia o de sus capacidades? ¿Habría podido Moreau seguir adelante con sus experimentos para hacer que del dolor tremendo del animal surgiera el humano que llevara el recuerdo de ese dolor primero, pero ya no el temor, no la sed de venganza ni el respeto reverencial? ¿La humanidad que había en Moreau le habría hecho reconocerse igual a sus criaturas y reconocerlas a ellas iguales a él y con el mismo valor e idénticos derechos? ¿O acaso era Moreau el auténtico monstruo, el humano menos humano y más plenamente animal? ¿Tal vez la exacerbación de ciertas capacidades humanas en Moreau lo condujo precisamente a la pérdida de lo más peculiar de los humanos?

                Es tentadora también la lectura de esta novela en clave de alegoría de la religión. Moreau se parece enormemente al Dios bíblico que, en su perfección, hace imperfectas a sus criaturas, que les inculca la Ley que contraviene su naturaleza inmediata y con la promesa de que serán plenamente hombres nada más que cuando, por una mezcla de temor al Creador y de amor al Creador, consigan vivir con arreglo a esa Ley que no es en puridad la suya y que no encaja con lo más natural de su naturaleza, una Ley que con su obediencia promete el acceso a una naturaleza superior y mejor, pero una Ley que nada más que se puede obedecer por el terror al castigo. Una Ley que promete el imposible de acabar siendo como Dios y viviendo sin miedo a su lado a los que nada más que pueden ser como son y como fueron creados, criaturas dolientes que se niegan a sí mismas bajo la esperanza de alcanzar lo que en vida jamás podrán ser. Pues todo lo que de humanidad se pueda ver en esos habitantes de la isla por Moreau hechos no tiene más razón de ser que el infundir en ellos el respeto a la Ley, son hombres si acatan la Ley, aunque no la entiendan y aunque por encima de todo la teman. Cuando el hacedor de la Ley muere, el animal que está en cada uno retorna, la naturaleza impone su verdadera ley y de la Ley no quedará rastro. El experimento se consuma en fracaso porque el experimento nacía de la soberbia y la crueldad del creador. Quizá, en el fondo, Wells quería mostrar que la maldad no está en el que come del fruto prohibido, pues es natural en él comer la manzana y no es capaz de entender por qué se le prohíbe la manzana. Moreau, además, muere a manos de sus propias criaturas y no sabemos cuáles eran sus designios, si quería hacer una humanidad nueva para que fuera libre o una humanidad para que lo honrara, lo exaltara y lo temiera.

                La literatura contemporánea está bien poblada de situaciones imaginarias en las que humanos son puestos a convivir en lugares en los que no hay sociedad ni ley y tienen que organizarse desde el principio, produciendo reglas donde no las hay y procurando un orden que no viene dado. La conclusión no suele ser optimista. Un buen ejemplo, entre tantos, lo hallamos en El señor de las moscas, de William Golding. Y la historia contemporánea también nos da abundantes ejemplos del empeño en crear el “hombre nuevo”, para el que el orden sea puro resultado de la natural solidaridad y la ley termine por ser ociosa, prescindible. La labor de esos “cirujanos” que habían de alumbrar la sociedad perfecta ha hecho correr ríos de sangre en el siglo XX y una y cien veces se ha visto que no era la humanidad la enferma, que no había más que insania y vesania en cada Moreau de turno.

                ¿Se anticipaba Wells a tanta literatura distópica del siglo XX? ¿Avisaba ya, a fines del XIX, de los riesgos de querer a aplicar la ciencia el perfeccionamiento de la humanidad, a la producción del ser humano perfecto? Así se explicaba Moreau ante Prendick:

                “A un cerdo se le puede educar. La estructura mental es aún menos determinada que la corporal. La ciencia del hipnotismo, cada vez más cultivada, parece apuntar a la posibilidad de sustituir viejos instintos inherentes por sensaciones nuevas. De hecho, gran parte de lo que llamamos educación moral es una transformación artificial y una perversión del instinto semejante a las obtenidas bajo hipnosis; la belicosidad se domestica y se convierte en valeroso instinto de sacrificio, mientras que la sexualidad reprimida se transforma en emoción religiosa. Y la gran diferencia entre el hombre y el mono reside en la laringe (…), en la incapacidad para pronunciar con delicadeza diferentes símbolos sonoros que actúan como soporte del pensamiento”.

                Pareciera que, Moreau confiaba en que el ser humano requiere también una manipulación de los sentimientos y una dirección de los pensamientos. En suma, que la humanidad se hace a base de reprimir el instinto mediante la inducción de determinadas creencias, tal vez entre ellas la creencia en la Ley, en el más amplio sentido de la palabra. Entonces, ya no se trata de crear el hombre perfecto, sino el perfecto ser social, el que recicla sus impulsos naturales en sentimientos de solidaridad y sacrificio, el perfecto peón social. El más deseable ser social, así, sería el primitivo alienado. No otra cosa pensaron todos los totalitarismos del pasado siglo.

                Moreau quiere crear, a partir de los animales, seres a los que el dolor no condicione y dirija[1], pues no es humano el que se mueve por el dolor, tampoco el que es movido por el placer[2]. Ha transformado los animales aquellos en criaturas que se acercan a la figura humana, que hablan el idioma de Morea, les ha inculcado ciertos sentimientos morales, pero no son el humano total que ansía, pues el dolor y el placer los determinan. ¿Por eso tiene que inculcarles también un respeto irreflexivo a la Ley, un respeto a la Ley basado en el miedo al dolor? Pero Moreau acaba explicando que su fracaso es cada vez mayor con esos seres puesto que cada vez se vuelven más rebeldes. ¿Es el perfecto humano el que no se rebela, el que se pliega a la Ley porque es la Ley y no porque traiga castigo y dolor su vulneración? ¿Es la plena sociedad aquella en la que ninguno se rebela porque el valor en sí de la Ley está asumido plenamente por todos? ¿Sería ésa que Moreaun busca la sociedad perfecta de humanos libres o la sociedad de individuos radicalmente alienados? ¿Es la rebeldía ante la norma el indicio de la animalidad que resta, del instinto primario no felizmente superado, o el resquicio de la mejor humanidad que no se resigna a ser puro objeto social y herramienta del interés de un organismo social vivo y único depositario de todo derecho? De nuevo, visto desde hoy, asoma la historia de los totalitarismos tan recientes y cobra sentido ese dicho que tantas veces se ha aplicado al ideal Ilustrado llevado a su extremo, el de que el sueño de la Razón engendra monstruos. Pues, como en la novela acaba captando Prendick, los monstruos no son las criaturas de Moreau, el monstruo es Moreau, puede que sea la de Moreau la mayor inhumanidad.

                ¿Otra vez la soterrada advertencia de los riesgos de la fe excesiva en la razón y su poder? Si el ansia que define la Modernidad es la del ciudadano racional y perfectamente reflexivo que asume las reglas porque son suyas y comunes con todos, en cuanto resultantes de la razón que aúna, existe el riesgo de querer buscar atajos ante la frustración que produce la humana diversidad en individuos, culturas y concepciones del bien. Si la razón no se manifiesta en coincidencia de propósitos y en la aceptación de unas mismas normas comunes como pauta de convivencia, hágase que la razón humana, proclamada por quienes se quieren sus supremos cultivadores, produzca el hombre perfecto que quiera lo que debe y que se identifique absolutamente con lo que se dice que lo identifica, las reglas racionales. De esa manera, el proceso histórico ideal se invierte y se empieza por concebir la sociedad ideal, que es vista como proveniente de la Razón, y, en un segundo paso, se produce el ciudadano que a ese ideal corresponda y sirva. Ya no nacerá la sociedad de la coincidencia de las razones de los sujetos racionales, sino que será la razón, como razón política de los líderes más ilustrados, la que producirá los humanos necesarios. La impaciencia histórica del racionalismo reemplaza, así, al proceso histórico que una y otra vez frustra las expectativas de la Historia racional. Si el hombre puede dominar la naturaleza, domínese la naturaleza humana y háganse los ciudadanos a imagen y semejanza de lo que de la Razón la Historia espera. El hombre nuevo ya no es la desembocadura de la Historia, la Historia verdadera empieza con el hombre nuevo hecho por el hombre en nombre de la Razón.

                De ese sueño surgieron en nuestro tiempo las pesadillas de los totalitarismos. El humano en el que todavía predomine el autointerés, la búsqueda de su placer, el deseo de su libertad, el que ponga por delante su personal bienestar y no se doblegue a la ley de la Historia que es, ya, la misma ley del Estado, se torna prescindible, un obstáculo, un animal egoísta e inadaptado cuyo sacrificio se justifica por bien de la humanidad misma. El Poder y el Estado se han apropiado de la Razón, construyen la Historia y dan derecho a existir al buen ciudadano, aquél que acepta la Ley. Los otros serán enemigos a los que se puede destruir o bestias de carga a las que se puede utilizar con pleno derecho porque no tienen derechos, pues no los merecen. Perfeccionismo y paternalismo con retórica humanista, opresión de la libertad en nombre de la Libertad verdadera, paradoja de un poder político que mata la libertad para liberarnos y de una ciencia que, al servicio del Poder, nos trata como objetos al moldearnos para que queramos ser como debemos ser y para que nos veamos libres mientras obedecemos.

                Moreau desprecia a Montgomery porque se ha encariñado con algunas de aquellas bestias, a las que ve como humanas. Moreau no transige y aborrece esas creaciones suyas porque no tienen la perfección que busca. Dice:

                “Hay algo a lo que llaman la Ley. Cantan himnos, construyen sus propias guaridas, recogen fruta de los árboles y arrancan hierbas: incluso se casan. Pero yo veo más allá de todo esto, veo el interior de sus almas y sólo encuentro el alma de las bestias, bestias perecederas, su cólera y el deseo de vivir y satisfacerse a sí mismas (…) El resultado para mí es vana burla”.

                Su esperanza es el puma con el que ahora está trabajando. El puma que lo matará.

                Pero era Moreau mismo el que los hacía limitados para que no fueran más peligrosos. Montgomery le explica a Prendick que “su relativa seguridad residía en la limitada capacidad intelectual de los monstruos. A pesar de su relativa inteligencia y de la tendencia de sus instintos animales a reaparecer, Moreau había implantado en sus mentes ciertas ideas fijas que limitaban por completo su imaginación. En realidad, estaban hipnotizados, les habían inculcado que ciertas cosas son imposibles y otras están prohibidas, y estas prohibiciones se hallaban implícitas en sus mentes, anulando todo intento de desobediencia o litigio”.

                Moreau no podía hacerlos perfectos y libres sin riesgo de perecer. Era necesario que creyeran en la Ley para que no se volvieran incontrolables. La Ley era el escudo frente a la naturaleza animal.

                ¿Pero puede la ley ser eficaz sin el miedo, incluso sin el miedo más irracional, sin el miedo al que tiene el poder y sus instrumentos más temibles? Los monstruos, que en tantas cosas actuaban como humanos, aunque no como seres humanos perfectos, saben que Moreau ha muerto. Prendick tiene que decirles que su muerte no es auténtica y definitiva y que, por tanto, la Ley se mantiene y se mantiene el castigo para el que la desobedezca. Ley que, por cierto, prohíbe las más variopintas cosas, so pretexto de que parezcan hombres los monstruos, pero que en su fondo no tiene razón de más peso que la de evitar que el instinto agresivo de aquellos seres reaparezca si se libran del miedo al castigo.

“- ¿Hay alguna Ley ahora? –preguntó el Hombre Mono.- ¿Está muerto de verdad?

– ¿Hay una Ley, tú, Hombre del Látigo? Él está muerto –dijo el Monstruo de pelo gris.

Nos miraban fijamente.

– Prendick –dijo Montgomery, volviendo hacia mí sus inexpresivos ojos-. Está muerto. Es evidente.

Yo había permanecido detrás de él durante toda la conversación. Empezaba a comprender lo que ocurría. Entonces, di un paso al frente y, alzando la voz, exclamé:

– ¡Hijos de la Ley! ¡Él no ha muerto!

M´ling volvió hacia mí su intensa mirada.

– Ha cambiado de forma. Ha cambiado de cuerpo -continué-. Durante algún tiempo no lo veréis. Está… allí –y señalé hacia lo alto-, y desde allí os vigila. Vosotros no lo veis, pero Él sí os ve a vosotros. ¡Respetad la Ley!

Los miré fijamente y retrocedieron.

– Él es grande. Él es bueno –dijo el Hombre Mono, mirando atentamente hacia el cielo entre los densos árboles”.

Prendick insiste:

“- Algunos han quebrantado la Ley –dije- Ésos morirán. Otros ya han muerto”.

“- Mira –dije, señalando a la bestia muerta-. ¿No está viva la Ley? Esto le ha pasado por quebrantar la Ley”.

                Mientras escribo este comentario, nueve de diciembre de 2013, los medios de comunicación dan cuenta de las tremendas agresiones en un estadio de fútbol el Brasil y aparece fotos de salvajes aficionados de un equipo golpeando con barras de hierro a uno del otro equipo que está ya inconsciente. ¿Algo más que el temor a la pena puede retener al monstruo dispuesto a matar por su pasión futbolística? ¿Tiene sentido seguir soñando con una ciudadanía plenamente racional que asuma la ley por razón de humanidad o por sus contenidos propicios para el bien de todos y el interés general? ¿Cómo apearse de tan noble utopía sin caer en las redes de un autoritarismo estatal en el que sea la autoridad la que mate al infiel a la ley por no ser fiel a su autor, el Estado? Ésa es la dramática antítesis en que se mueven la Política y el Derecho en nuestra era.

                Ha muerto también Montgomery, el Hombre del Látigo. Ha muerto igualmente el Recitador de la Ley. Prendick se queda solo con aquellos seres que van perdiendo el miedo, el miedo a la Ley que era el miedo a sus ejecutores. “¡Qué desgracia!… Ahora sabían que los Hombres del Látigo podían morir igual que ellos”. Antes la Ley era inmortal porque se pensaba que eran inmortales sus guardianes. Ahora todos se ven iguales y a los iguales no se los teme. Tampoco a la Ley cuando es la ley de los iguales. ¿Cómo lograr el respeto a una ley que no viene del puro poder misterioso e inalcanzable? Otro dilema de nuestra época, otro reto para el Derecho moderno, abocado a legitimar la ley por su origen en los ciudadanos y a tener que asustar a los ciudadanos para que teman esa ley que se dice suya. O de cómo conciliar la legitimidad política democrática con la coacción jurídica.

                Los monstruos dicen: “El Maestro ha muerto; el del látigo ha muerto. El que camina sobre las aguas es… como nosotros. Ya no hay Maestro, ni Látigos, ni Casa del Dolor. Se acabó. Amamos la Ley y la respetaremos, pero ya no habrá más dolor, ni Maestro, ni Látigo”. Tampoco pueden darse otra ley a sí mismos, no han sido creados por Moreau para autogobernarse, pues su autogobierno era peligro para Moreau, para el Maestro y para el Hombre del Látigo también. A Prendick no le queda más que escapar de allí.

                Durante un tiempo todavía “respetaron las costumbres establecidas por la Ley y se comportaron con moderación”. Pero era cuestión de tiempo. Si la eficacia coactiva de la Ley, llegaba la regresión. Dejaron de andar erguidos, perdieron la facultad de hablar. No podían vivir sin la ley inhumana y carecían de capacidad para darse a sí mismos una ley humana. Quedaba solamente su naturaleza animal. Desatendieron las normas del decoro. “Otros se rebelaron en público contra la institución de la monogamia”. Se quedaron sin el miedo y sin la vergüenza, habían perdido así, dice Prendick, “el último vestigio de su procedencia humana”. Se olvidaron también de otras habilidades aprendidas, como el arte de hacer fuego, y volvieron a temer animalmente el fuego.

                Prendick consigue irse de la isla, pero en él ha quedado para siempre la duda:

                “No lograba quitarme de la cabeza la idea de que los hombres y mujeres que conocía eran otros monstruos pasablemente humanos, animales con forma de persona, y que en cualquier momento podían comenzar a transformarse, a mostrar este o aquel síntoma de su naturaleza bestial”.

                Las criaturas eran humanas por la ley, pero en los hombres con ley sigue latiendo el peligro de la bestia.

                Se retira al campo y se dedica al estudio. Sólo así se siente tranquilo.

                “Creo que es allí, en las vastas y eternas leyes de la materia, y no en las preocupaciones, en los pecados y en los problemas cotidianos de los hombres, donde lo que en nosotros pueda haber de superior al animal debe buscar el sosiego y la esperanza. Sin esa ilusión no podría vivir. Y así, en la esperanza y la soledad, concluye mi historia”.

                Moreau había hecho humanos y los había adiestrado en el temor a la Ley para que no fueran tan peligrosos. Pero no los había educado para entender la ley o para hacerla y velar por ella sin temores y por su propio interés. Tal vez H.G. Wells quería también con esta novela decirnos que entre los polos antitéticos de la naturaleza y la ley social hay una síntesis posible en la educación, que no es la ley, cualquier ley, la que nos hace libres, sino que únicamente la libertad nos ayuda a hacer leyes para no ser víctimas y rehenes del poder y su crueldad, tampoco del poder y crueldad de la naturaleza en bruto. O quizá, más pesimista, quería enseñarnos que al sabio nada más que le queda el retiro, el estudio y la contemplación, mientras la humanidad sigue su camino de sangre, mientras tantos están dispuestos hasta a matar por su equipo de fútbol o por una patria cualquiera.


[1] “Desde el momento en que su propio dolor le arrastra, desde el momento en que el dolor es la razón fundamental de sus premisas sobre el pecado, desde ese momento, es usted un animal: un animal que piensa, con un poco más de claridad, lo que un animal simplemente siente”.

[2] “El dolor y el placer serán para nosotros una característica sólo mientras nos movamos entre el polvo”.

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